Mío, tu eres mío

Mío, tu eres mío y esto también es mío… Este pronombre posesivo es una de las palabras, junto con «papá» y «mamá» que aprenden a decir los niños en torno a los dieciocho meses de edad. Este sentimiento de propiedad desarrollado abarca tanto a los objetos como a las personas más cercanas, y es normal, pues corresponde a la etapa que los sicólogos llaman la «etapa de egocentrismo infantil». Durante este periodo el niñ@ considera que todo gira a su alrededor y el único punto de vista existente, es el suyo propio. Según los expertos, esta fase llega a su punto álgido a los veinticuatro meses de edad y luego debería ir reduciéndose, aunque se puede prolongar hasta los cuatro o cinco años. A esta edad ya con la adquisición completa del lenguaje, los niñ@s empiezan a sociabilizar con los demás y a entender el punto de vista del otro, lo cual desarrolla su madurez y comprensión del mundo que los rodea. De los seis a los doce años es una etapa donde se consolidan los rasgos de personalidad y habilidades que se han adquirido durante los años anteriores.

Ahora bien, ¿qué pasa una vez empezamos a interactuar con el mundo que nos rodea? ¿Cómo nos afecta el ambiente social y el bombardeo constante de información para inducirnos al consumo y adquisición de pertenencias?

Algunos defienden que una sociedad de consumo es la única vía para soportar el nivel de vida al cual queremos acceder las personas … ¿es realmente así? En 2018 El Banco Mundial informó que «casi la mitad de la población mundial, es decir, 3400 millones de personas, aún tiene grandes dificultades para satisfacer necesidades básicas». La realidad es que existe un grupo de países super consumidores, liderados por EEUU y otro grupo en extrema pobreza con países como la India o Nigeria. ¿Entonces, el hiperconsumo de EEUU genera personas más felices? Según el Ranking Mundial de la Felicidad 2019, EEUU ocupa el puesto número 19 de países más felices.

Aún cuando existen datos corroborando que la felicidad no se alcanza a través del consumo, las personas, sobretodo las educadas bajo la cultura occidental, continuamos empeñados a encontrar la felicidad acumulando objetos. Todos cuando somos niñ@s aprendemos observando a los padres e imitándolos, por tanto vamos adquiriendo sus mismos hábitos. Esta situación se intensifica en la medida que crecemos y ganamos independencia (a partir de los doce -catorce años) pues nos volvemos cada vez más vulnerables ante la propaganda generada por los medios y las modas. Como consecuencia, siendo unos adolescentes empiezamos a experimentar un retroceso evolutivo que pareciera devolverlos a la «Etapa del Egocentrismo», pero ahora no con cinco o seis años, sino ya adultos, lo cual es más peligroso, porque ya no existe la figura del papá/mamá conteniéndonos. Entonces, a golpe de tarjeta creemos que podemos comprar lo que se nos antoje y resolver también así nuestros problemas. Sólo de esta manera creemos tener control sobre nuestra vida y sobre nuestras relaciones y nos sentimos valiosos y realizados. Según una noticia publicada por la BBC en septiembre 2019, «El endeudamiento de los consumidores estadounidenses llegó a un nuevo récord: 4 billones de dólares, el mayor nivel en la historia del país«.

Es una realidad que nos acaba metiendo en un círculo de consumo del cual no somos capaces de salir, y gastamos nuestro tiempo trabajando y comprando cosas que a la larga no entregan felicidad. Finalmente acabamos con la cabeza llena de problemas y deudas y no somos capaces de darnos cuenta de las cosas maravillosas que la vida nos ofrece. Estas sí generan felicidad y no tienen costo: jugar con nuestros hijos o nietos, pasear por un bosque, disfrutar de las puestas de sol o del canto de un pájaro. Sin embargo nosotros vivimos más pendientes del número de likes de generará la selfie con la puesta de sol. Por eso, en lugar de esforzarnos en tener un planeta en buen estado, privilegiamos tener montañas de ropa que nunca nos ponemos y consumir comida envasada en plásticos y otros productos que una vez los desechamos, se convierten en basurales.

Si nos vamos al lado sentimental, de las relaciones entre personas, esta necesidad de propiedad también nos está causando mucho dolor. Para empezar, porque confundimos el amor con el sentido de posesión. Esta situación provoca que cuando tenemos a una persona de forma «segura» a nuestro lado, dejemos de valorarla. Aquellos ojos que antes nos dejaban sin aliento, se convierten ahora en algo convencional y muchas veces necesitamos perder a este alguien para darnos cuenta lo que valía.

Pero la naturaleza humana es así, el poseer cosas es nuestro peor enemigo y no porque vengamos con una tara de fábrica, ni mucho menos, sino porque somos una sofisticada máquina hecha para experimentar; para vivir situaciones que nos hagan vibrar. La clave reside en saber dejarlas ir y así estar listos para recibir una nueva; la belleza que percibimos cuando escuchamos al pájaro trinar desde la rama, languidece cuando lo metemos dentro de una jaula, porque el secreto está en no poderlo controlar. No sabemos cuando saldrá volando y dejará de entonar su melodía, solo podemos limitarnos a disfrutarla mientras dura.

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